A J. le contaron que había un jardín especial de margaritas, si ese jardín era especial era por el Jardinero, y no por todo que el jardinero supiera de los colores los olores y las texturas de las margaritas que había plantado, sino porque esas margaritas siempre decían la verdad cuando alguien acudía a ese jardín para arrancarles uno a uno los pétalos de la margarita que tocaba …
Cómo J. no podía soportar no saber cuál era la suerte de su destino, y como ya estaba cansado de visitar otros jardines, arrancar miles y miles de pétalos sin sentirse del todo convencido, decidió ir a por ese jardín y dar con esa margarita. Le costó hacerlo pues sabía que sería la definitiva, la última, y a pesar de lo que dijera el último pétalo que arrancara, debería asumir las consecuencias.
Le habían hecho saber que más que el color el olor y la textura, lo que ocurría es que eran aquellas flores las que olían veían y notaban a cualquiera que se acercara para comprobar si el amor de uno o de otro sería correspondido.
J. “despeteló” aquella flor blanca y amarilla, y a medida que lo hacía notaba como un nudo le apretaba el estomago o un vuelco le ensanchaba el corazón... a medida que lo hacía y la iba desnudando, pensó y comprendió que aquel jardinero tenia que ser alguien sabio y especial. Cuando quedaba el último de esos pétalos supo entonces que antes de saber lo que le diría la margarita, lo importante era saber si J. seria capaz de querer a pesar de cual fuera la respuesta que recibiera. Comprendió entonces que no tenía mucho sentido saber el resultado de esa cuestión si antes no podía resolver con certeza a la pregunta …
¿y yo? ¿soy capaz de querer?
Así que dejó en pausa a aquella flor, y no es que quisiera evadir la verdad, sino que decidió que antes de conocerla, tenía que resolver que era capaz de hacer. Con lo que abandonó el jardín y pasaron algunos días con sus noches sin dormir hasta que no encontró el momento de regresar a aquel lugar …
Días más tarde cuando J. comprendió que para ser saberse querido es preciso estar dispuesto a querer, eligió lo que quería, y contento con su elección corrió de nuevo a aquel lugar, buscó su margarita para arrancar de una vez aquél pétalo que había dejado al descubierto y cuando llegó al exacto lugar y en el momento preciso, descubrió allí estaba S.
S. conocía algo de la historia de ese jardinero tan especial, pero en realidad no había tentado a la suerte de esas flores tal como J. había hecho antes, simplemente acudió al lugar encontró aquella margarita y supo lo que tenía que hacer, lo hizo, acabó con aquello … y exclamó:
¡ me quiere !
El Jardinero, como tanta otras veces, contempló la escena desde lo alto de una colina, y viendo a los dos, viendo como estaban J. y S. sonrió como tantas veces había hecho antes...