Verán, todos vivimos en
casa, las niñas, la reina y yo. Las
niñas, como son escolares van a un colegio al que por el tema de la distancia,
se desplazan a él en autobús. El autobús, tiene una parada que está cerca de
nuestra casa y unos suegros que tengo (a veces uno, a veces la otra y a veces
los dos) acompañan a mis hijas a la parada de autobús. No, no es que ellos
vivan en nuestra casa, sino que vienen a buscarlas para acompañarlas ¡qué
buenos son! Y eso es así porque por cuestiones de horario ni yo ni mi reina, no
podemos acompañar a las princesas a la parada del autobús, puntos suspensivos.
Decía que la parada está cerca de casa y también ocurre que
la oficina donde trabajo está cerca de la parada. Por aquello de las
propiedades transitivas de la distancia pueden pensar que si un punto está
cerca de otro, y este otro cerca del siguiente… podríamos inferir que trabajo
cerca de casa. Sí, pero para el caso del “chute” que me ocupa, eso no es un
factor relevante.
Si me organizo bien las primeras de cambio en el trabajo, algún que otro día intento hacer el “descanso
del bocata” para ajustar eso de las cortas distancias y acercarme a la parada
de autobús que antes comentaba. Si las pillo, me encuentro con mis chicas (y
también con un suegro o con una suegra o con los dos) aunque esto último de los
paréntesis tampoco es un factor relevante para el “chute” ese que me ocupa…
El otro día fue así, ajusté los tiempos, llegué donde para
el autobús. La lucecita de los peatones estaba roja, yo estaba en la otra acera
pero al ser una calle bastante transitada, ni hice el Tarzán, ni el Bruce
Willis en “La Jungla 2”. Yo ya veía que el autobús llegaba y en la siguiente
escena paró, impidiendo que en el campo de visión pudiera divisar a mis
pequeñajas (aunque yo las había visto antes sin que ellas lo advirtieran)
Cuando me quise dar cuenta ellas se incorporaban para subir
al transporte escolar, no lo dudé, grité para que la pequeñaja de mis
pequeñajas me viera, me vio, y advirtió a la menos pequeñaja de mis pequeñajas
de mi presencia. Ambas acudieron a mí para regalarme ese chute de felicidad; el
conductor amable aguardaba en la escena.
En esos momentos nos damos besos que a
mí me saben a gloria, ellas están encantadas al verme, una madre que está en la
parada sonríe, un colega más veterano me comenta que aproveche el momento… y el
adolescente que está sentado en la última fila del autobús parece que me mira diciéndome…”pringao”(por supuesto paso de él) El autobús
reinicia la marcha, saludo y ellas miran por la ventana con el ademán de adiós
en sus manos acompañando al mío, se cruzan nuestras miradas a través del
cristal (si quieren, pueden pasar la prueba del algodón) pero les aseguro que yo durante esos instantes, saboreo la felicidad.
Y si un día puedo, pero no llego a tiempo… bueno, eso no lo cuento.


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